GALVESTON de Nic Pizzolatto

Una larga historia, poblada de huérfanos

Así nos dice Roy Cady en un momento y bien podría ser un subtítulo de Galveston.
Ahora huérfanos, pero que tardaron en serlo. Uno podría pensar: mejor.
Pero quizás el daño venía de antes, esos chicos ya estaban abandonados en el mismo momento en que sus padres se habían abandonado a sí mismos, mucho antes de que les llegara -o se arrojaran- a su hora.
Madres solas que intentan sobrevivir a sus traumas, hablando con sus hijos en sus desvaríos -producto de borracheras, ya sea con alcohol o con recuerdos-, de esas etapas antes del punto de retorno. Y sus hijos tienen primera fila en el derrumbe. Para verlos. Y para seguir sus pasos.

Cady va y viene sobre estas ideas, busca ese punto de quiebre para tratar de poder armar un arquitectura de su vida que no sucumba. Nos cuenta que “ya había aprendido que uno puede sobrevivir a cualquier cosa”, para más adelante en el camino sentenciar que “no se sobrevive a ciertas cosas, aunque no te maten”.

Es en estas contradicciones donde radica la potencia de Galveston. En la organización de nuestras vivencias y memoria, la creación de un relato y los sucesos que nos ocurren. La confusión de tratar de entender y la desesperación por no poder hacerlo. Asumir el poder que tienen las historias, las que nos contamos a nosotros mismos, los recuerdos que organizamos, clasificamos para poder seguir adelante, para que el error no haga metástasis. Encapsular los recuerdos. Cady es consciente del peligro que pueden causar los recuerdos sobre los que edificamos el futuro. Es a lo que más miedo le tiene.
Y eso que le diagnosticaron cáncer terminal de pulmón.

De esa manera empieza la novela. 1987. Cady enterándose de que el fin está ahí, golpeando la puerta, copos en los pulmones. Huye de la consulta. Sin tiempo a pararse a pensar, se dirige a su trabajo. El buen Roy labura de matón para Stan Ptitko, un mafia de New Orleans. Y digamos que no se encuentra en buenos términos con su jefe. 1) Porque es su jefe. 2) Porque Stan se está acostando con la que ahora es su ex-chica.

Para hacer todo más interesante, Ptitko lo envía a un trabajo para hacer que un asociado recapacita acerca de sus acciones. Eso sí. Que vayan sin armas. La palabra emboscada se enciende cual neón en la cabeza tanto de Cady como del lector -podría haber sido un poco más sutil el bueno de Pizzolatto-.

Digamos que Cady ha tenido días mejores, ¿no?

Y así sucede. La emboscada termina dejando dos sobrevivientes: Cady, claro está, y Rocky, una joven prostituta. Ambos acabarán fugándose hacia Texas. Acá es donde Pizzolatto coquetea con el cliché de la prostituta de oro, que intenta seducir a Cady, esa femme fatale -incluso para sí misma-, pero termina frenando siempre al límite -Nic y Cady-. En su camino hacia Texas, Rocky le pide que pasen a buscar a su hermana pequeña, Tifanny de 3 años, a la que tiene que arrancar a punto de pistola de su padrastro. Los tres terminan llegando a un hotel en Galveston, donde la mayoría de la gente del lugar está más cerca de mudarse de la pieza al cajón que cualquier otra cosa. Cady describe las soledades y ausencias que Edward Hopper pintaría.

La novela experimenta un viraje que puede descolocar a más de un lector -y me da la impresión de que al autor también-. De una novela con arranque cargado de acción, pulp hecho y derecho, caótico -tanto cumplido como lo contrario-, la historia deviene en tiempos muertos, en los que la introspección está a la orden del día y deviene en la lucha -repetitiva de a ratos- de Cady contra el abandono. Dejar a esas chicas en el hotel y que se las arreglen por las suyas. Cada uno carga su propia condena..Pero es consciente -en carne propia- del costo de abandonar.

“La gravedad de aquel paisaje tiraba de ambos hacia atrás en el tiempo y nos obligaba  a recordar las personas que habíamos sido”.

Rocky y él se cuentan las historias de sus cicatrices y saben que ya están más allá de la posibilidad de un happy ending. Pero Tiffany todavía tiene una oportunidad. Una chance de romper esa cadena de huérfanos.

Con un lirismo bucólico en la línea de James Lee Burke, Pizzolatto nos entrega una novela donde narra la belleza y la desgracia de lo abandonado, y en la que sus personajes merecen algo mejor que la verdad.

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Galveston
Nic Pizzolatto
Salamandra Black
Traducción de: Mauricio Bach Juncadella
288 páginas

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Los elegidos de John Connolly

El famoso autor irlandés, creador de la serie de Charlie Parker, compiló, junto con Declan Burke, Books To Die For, donde autores aclamados dentro del género hablan acerca de aquellas las obras que los marcaron, dando origen a una lista de libros imprescindibles a la hora de comprender la novela negra y policial.

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En su blog, John Connolly acortó la lista a las veinte novelas negras que debes leer antes de morir.

En inglés las obras que no han sido traducidas al español.

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1 | La Llave de Cristal | Dashiell Hammett | 1931. También Cosecha Roja (1929), donde la novela western se transforma en la novela de detective, y El Halcón Maltés (1931)

2 | El Largo Adiós | Raymond Chandler | 1953. La más sutil de sus novelas, seguida de cerca por Adiós, Muñeca (1940) y El Sueño Eterno (1939)

3 | El Escalofrío | Ross MacDonald | 1964. Muchas veces considerado, injustamente, como la sombra de Chandler. Esta novela tiene uno de los mejores giros dentro de la novela policial. También Los Maléficos (1958), El Hombre Enterrado (1971), La Bella Durmiente (1973), La Mirada del Adiós (1969) y El Caso Galton (1959)

4 | Mar de Fondo | Patricia Highsmith | 1957. Ella tiene una mirada desalentadora de la condición humana, y esta es bastante, bastante escalofriante. Ver también El talentoso Señor Ripley (1955).

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5 | Los amigos de Eddie Coyle | George V. Higgins | 1972. El mejor dialoguista de todos los tiempos en novela negra. Ver también los autores Robert B. Parker y Dennis Lehane. Para aquellos interesantes en el arte de la escritura, vale la pena buscar el libro On Writing (1990) de HIggins

6 | El Huracán | James Lee Burke | 2007. El más grande escritor de novelas negras vivo se mete una New Orleans post Katrina. Genio. Vale la pena leer cualquiera de los libros de Robicheaux, aunque La Lluvia de Neón (1987), el primero de la serie, es atípico de lo que vino después y uno podría argumentar que Burke encontró su tono con el segundo libro Prisioneros del Cielo (1988). Ver también Black Cherry Blues (1989), Dixie City Jam (1994) y The Glass Rainbow (2010)

7 | La trilogía de Lecter | Thomas Harris. Dragón Rojo (1981); El Silencio de los Inocentes (1988); Hannibal (1999). Ignoren Hannibal Rising. Es horrible, y es básicamente una novelización de un guión de cine. Mientras Hannibal recibió algunas críticas espantosas, y su final fue bastante vapuleado, hay una lógica interna entre las primeras novelas que hacen inevitable el final de Hannibal. Sería muy feliz de discutir esto en un bar, siempre y cuando alguien me compre una bebida primero.

8 | Un extraño en mi tumba | Margaret Millar | 1960. La esposa de Ross MacDonald, e injustamente no reconocida. Brillante en sus mujeres y en la división de clases. Ver también La Bestia se Acerca (1966)

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9 | Ojo con el Sordo | Ed McBain | 1972. El padre de la novela de procedimiento moderna, con media centena de novelas del Precinto 87th. Sin él no hubiera habido Hill Street Blues, y podría decir que tampoco Homicidio o The Wire. Las novelas del periodo medio (1960-1980) son probablemente las mejores, incluyendo Pasma (1968) y Blood Relatives (1975)

10 | El Asesinato de Roger Ackroyd | Agatha Christie | 1926. Otra gran novela con vuelta de tuerca, y una que despierta preguntas fascinantes acerca de la relación entre detective y criminal, una pregunta que encuentra su respuesta final en el libro de Poirot prevista para una publicación póstuma, Telón (1975)

11 | El Nombre de la Rosa | Umberto Eco | 1980. Podría decirse que su única novela leíble, y con certeza la más disfrutable.

12 | Una Muerte en Escena | Barry Unsworth | Un grupo de actores itinerantes investigan un crimen  y sin darse cuenta inventa el teatro moderno.

13 | Eco Negro | Michael Connelly | 1992. Todavía es uno de los gran debuts de todos los tiempos en la novela negra, y el primer vistazo al detective Harry Bosch. Ver también La Rubia de Hormigón (1994) y El Último Coyote (1995).

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14 | Subaste del lote 49 | Thomas Pynchon | 1966. La novela policial californiana post moderna reimaginada como thriller conspirativo absurdo.

15 | The Big Blowdown | George Pelecanos | 1999. La primera novela del cuarteto de DC, un maestro moderno, ambientada en el Washington post segunda guerra. Ver también King Suckerman (1997), The Sweet Forever (1998) y Shame The Devil (2000)

16 | Lo que los muertos Saben | Laura Lippman | 2007. Su mejor novela; una de de las chicas de una pareja perdida reaparece después de treinta años.

17 | La Sombra de Hawksmoor | Peter Ackroyd | 1985.  Dos narrativas que emparenten las matanzas de chicos del siglo XX con un arquitecto satanista del siglo XVII. Bastante espeluznante, y nunca podrás volver a ver la ciudad de Londres de la misma manera.

18 | Fast One | Paul Cain | 1932. Hito de la novela hardboiled por un casi olvidado maestro del género.

19 | Miami Blues | Charles Willeford | 1984. Si Beckett hubiera escrito una novela hardboiled acerca de un policía tratando de encontrar su arma desaparecida…

20 | El Último Buen Beso | James Crumley | 1978.  La primera gran novela negra post Vietnam por el fallecido Crumley, un escritor por el que sus colegas tenían un gran prestigio y cariño.