UNO ES UN NÚMERO SOLITARIO | BRUCE ELLIOTT

Larry Camonille es casi tan poco que ni siquiera es uno.

En la cárcel la tuberculosis y el aire viciado le comieron un pulmón y ya empezaron a mordisquearle el otro. La única salida es fugarse, buscar el aire puro de México o algún lugar en Sudamérica, lejos.

Junto con otros nueve presos escapan de prisión. En su huida, Larry va a escuchando por la radio como, uno a uno, sus compinches son apresados.

No sabemos por qué Camonille terminó en cana. Sólo sabemos que no mató nunca, pero que es una de las cosas que es capaz de hacer una y otra vez para no volver a adentro.

Bruce Elliott nos va contando el devenir de Larry, como si a él también le faltara el aire, y tuviera que elegir las palabras con cuenta gotas para poder contarnos la historia. Y las elige muy bien. La parquedad del lenguaje ayuda a lograr una empatía con el personaje, que no se regodea con la violencia ni pierde el tiempo en maltratos innecesarios. No es un psicópata ni un loco. Nada más alguien para el que la libertad es el fin, y el resto es una decisión fácil.

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Y México, que siempre estuvo cerca, parece alejarse a cada segundo, hasta que el bueno de Larry termina llegando a un pueblo en el medio de la nada de Ohio. Y Vera, una cuarentona, lo levanta en la ruta y le consigue un laburo en un bar.

Pero la caridad es sólo otro nombre para “inversión”.

Camonille quedará atrapado en un tira y afloje entre dos mujeres.

Por un lado, Vera, una casi Milf -porque su hijo nació muerto- y con la herencia congelada hasta que alguien mate a su suegra con la que vive.

Y por el otro lado, Jan, una casi virgen que tiene demasiado sexo, con unos bonos de mucha guita a los que no puede acceder. Y un plan para que Larry se haga con ellos.

En el Western, el forajido llega a liberar al pueblo de la dominación de los bandidos, como por ejemplo, en Shane. En la novela negra nos encontramos más a menudo del otro lado. El extranjero no viene a liberar a nadie más que a él mismo, él es el problema y si ofrece una ayuda a alguien es sólo para obtener algo a cambio.

Camonille sabe que tiene que huir. Rajar mientras pueda.

Y necesita plata. Pero de la mano de Jan, se da cuenta que lo que realmente necesita es otra cosa, que su agonía poco tiene que ver con que le falle un pulmón. Y es en este mismo camino, donde Jan se termina transformando en una de las pocas femme fatale –o “enfant fatale”- que son dignas de nuestra compasión o empatía.

Una novela que respira el mismo aire que las novelas de Jim Thompson y David Goodis, y las películas de Sam Peckinpah, donde el fatalismo y la redención son cartas que se reparten juntas.

Uno es un número solitario habla de la base de la novela negra: el pathos siempre triunfa sobre el ethos. El héroe tendría que llenarse los bolsillos y huir. Mil dólares no importan, porque el número que importa es el que está huyendo con vos, y si no sos ni uno…

Al final de cuentas, la decisión es otra, porque ¿de qué sirve un bolsillo lleno con un corazón vacío?

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Publicada Originalmente en Evaristo Cultural, para Rastros.

EL OTRO MARLOWE | RESEÑA DE “EL NOMBRE DEL JUEGO ES MUERTE”

Al principio sólo había Caos.
El Universo y esta novela empezaron igual.

Primera regla para robar un banco: Nadie se mueva y nadie saldrá lastimado.
Pero cuando alguien se mueve, el resto es un dominó de plomo.

Roy/Earl Drake, nuestro protagonista, junto con Bunny, su compinche, salen con el botín, pero su chofer de huida, pierde la cabeza y se baja del auto para abrirles la puerta. Profesionales eran los de antes. Y lo de perder la cabeza es literal, se la borran de un escopetazo. “El costado derecho de su cabeza desapareció” nos dice Marlowe, y nos marca que en esta novela podrán ahorrarse palabras, pero nunca violencia ni balas.

El dúo alcanza a huir, no sin que nuestro protagonista reciba y regale plomo.

Y cuando el plan se va al carajo hay que improvisar. Drake (aunque es uno de los muchos alias que este “personaje sin nombre” usa, lo llamaré así porque es el que su autor eligió como definitivo para sus próximas apariciones) y Bunny se separan. Bunny llevándose casi toda la torta, con la promesa de enviar una luca verde por semana al convaleciente Drake, hasta que puedan reunirse. Y la plata llega. Una semana. Y otra. Hasta que un día no lo hace y Drake encara hacia el sur para descubrir qué pasó.

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De Dan Marlowe podríamos hablar largo y tendido. Apostador. Amigo de los criminales, tanto que sus novelas tuvieron que ser censuradas para que no se transformaran en how to rob a bank for dummies. Pero de él hablaremos otro día. Ahora vayamos con su personaje.

Drake está lejos de ser un héroe, siquiera un antihéroe. Es algo que, con mucho suerte, podríamos llamar un villano honorable. Primo lejano del Lou Ford –el sheriff de 1280 Almas (1964) de Jim Thompson. Hermano del Parker de Richard Stark/Donald Westlake. Por medio del uso de unos novedosos flash backs vamos conociendo el pasado de Drake, un tiempo en el que todos, alguna vez, fuimos inocentes. Y en un momento dejamos de tenerle miedo al monstruo de abajo del a cama; cuando nos dimos cuenta que al monstruo que teníamos que tenerle miedo es el que está adentro de nosotros. Y a Drake se lo despiertan. Bullys. Canas.  El sentido de justicia y ley desaparecen, y nacen unas nuevas leyes forjadas al fuego de un 38. La diferencia entre un inocente y un muerto es una cuestión de tiempo.

Coincidentemente, 1962 fue el año en que surgió Parker en la novela “The Hunter” (A Quemarropa) . Nuestro Drake es una versión más sensible y menos profesional –o, mejor dicho, operativa– de Parker, pero con la misma rabia. La violencia es su droga. Lo que para Tony Montana era un buen saque, para Drake es un tiro en el pecho. Y en su mundo, eso es llevársela barata.

La novela está plagada de situaciones más acostumbradas al cine que a la literatura. Arranca con heist-gone-wrong, y después deviene en una “road movie”. Hoteles de ruta. La frontera que todo lo puede: México, una especie de Farmacity de Estados Unidos, donde, golpeando la puerta justa y trayendo los “verdes” necesarios, cualquier persona puede volver a empezar. Mafiosos con mucho prontuario y armas que esperan para que el suyo empiece. Y al final un pueblo de Florida, con sus pantanos y sus bares.

Los sesenta empezaron a marcar un cambio en las historias del policial. La escuela de Black Mask del 20 y el 30, por repetición hasta el hartazgo (presente en las primeras novelas de Dan Marlowe) termina por devenir en un conjunto de clichés que empastan el género. Lo que Goodis y Thompson aportan desde su exploración del existencialismo humano mediante monólogos y perdedores y asesinos, Parker y Marlowe lo hacen desde la forma: las oraciones todavía más cortas y secas, los diálogos one-liners reemplazando a las parrafadas de Chandler y su escuela. La violencia como un personaje más.

A su vez el volantazo propio que pega la novela, el pasaje de la heist-novel a la road, y su correspondiente búsqueda marcan una unión con el modelo detectivesco, y el uso del criminal como centro de la historia propio la gangster-story iniciada por W.R.Burnett. La investigación sigue presente. Ya no se trata de encontrar alguien para devolverlo al hogar. El hogar no existe. La muerte sí.

Y es el nombre del juego que Drake aprendió a jugar mejor que otros.

Al principio solo hubo Caos.
En esta novela, todo es Caos.
Negro. Y del bueno.

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El Nombre del Juego es Muerte
Dan J. Marlowe
Traducción: Carlos Gardini
La Bestia Equilátera
224 Páginas.

Publicado originalmente en Evaristo Cultural, para RASTROS, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal